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gobierno de Cordoba

Julio Bárbaro

Julio Bárbaro

El virus de la injusticia llegó para quedarse
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No fue hace tanto. El primer entierro en un cementerio privado al que concurrí me llamó la atención, se me ocurrió que expandían el negocio con la muerte y además la edulcoraban. Después de Chacarita para los pobres y la clase media, la Recoleta para los ricos y algunos recovecos para las comunidades inmigrantes, venían a tomar distancia con los límites, a crear su propio mundo con una muerte en jardines y sin tumbas. Las autopistas para viajar a los barrios privados sin trenes, ni el golf ni el individualismo permitían tanta convivencia. La decisión de alejarnos del modelo europeo y asumir el estadounidense estaba a la vista. Aquí, al liberalismo se lo define como el amor al Imperio, la crítica a Europa, superar la voluntad de ser nación que enamoró primero a los conservadores, luego a los radicales y finalmente a los peronistas, asumirse colonia y no tener otras responsabilidades que la de ser sus gerentes. ¡Cómo olvidar la caterva frivolidad con que se referían al supuesto fracaso del Plan Gelbard o al trascendente libro de Aldo Ferrer Vivir con lo nuestro! Educados para gerentes del imperio de turno, se sentían damnificados al no tener a quien imitar. Tanto vivir con lo ajeno nos dejó una deuda imposible de pagar. Algunos entendieron la caída del muro como el final de las limitaciones éticas de toda sociedad organizada. En Europa, la política contenía a la comunidad; el gran país del Norte podía ser el más rico del mundo sin que la masa de sus desposeídos se diera por enterada. Y aquí estamos, ya partidos al medio, sin demostrar la absurda teoría de que los países eran ricos por no hacerse cargo de los pobres. Somos mucho más pobres, pero se pudieron salvar algunos ricos, sentirse superiores, orgullosos de su viveza que imaginan lucidez y no hacerse cargo de haber destruido el proyecto nacional. Otra vez la aduana se impuso al trabajo, el importador al productor. Inglaterra maneja la salud desde el Estado; su hijo dilecto, el Imperio, se niega a dar salud para todos. Esa es para nuestros empresarios la clave de la modernidad; no entendieron que fuera de Estados Unidos la presencia de la miseria, del hambre donde abunda el alimento, contenía una concepción infinitamente perversa. Durante la dictadura, abundaban los viajes a Sudáfrica. Todavía Mandela estaba preso, el inconsciente de nuestros codiciosos disfrutaba de solo ver cómo los rubios se imponían a los negros, sin ser ellos tan rubios ni los nuestros tan negros. La historia convirtió a Mandela en un prócer, como lo había hecho con Gandhi. Finalizaba el colonialismo justo cuando nuestra mediocre clase dirigente intentaba asumir su concepción de delegación colonial. De estadistas a gerentes, de patria a colonia, de ciudadano a consumidor. Perón solía insistir en que la verdadera política era la exterior, esa que hace tiempo no ejercitamos, que la administración anterior confundía con las relaciones públicas y la actual, con la exportación de un progresismo ya superado por la historia. La clase define un sistema de relaciones. La política supo expresar la rebeldía y terminó constituyendo un estamento cerrado que en rigor vive parasitando las propuestas que le dieron origen. Son muchos los que se volvieron ricos hablando de cómo ayudar a los pobres. La anti política puede surgir de los ricos que sienten amenazadas sus prebendas, aunque en nuestra realidad nada de eso sucede ya que la dirigencia actual tiene más pertenencia al mundo de los ricos a los que acusa que al de los pobres al que dice defender.




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